Entre glaciares, esteros, pinguinos y ballenas jorobadas, un fascinante recorrido embarcado por el sur de Chile.
Desde Punta Arenas, extremo sur de Chile, partimos hacia Río Verde, desde donde un ferry nos llevará a la isla Riesco, capital de la Región de Magallanes y Antártica Chilena, donde las casonas de principios del siglo XX, con sus techos coloridos a dos aguas, tiene un toque inglés. Muchas de ellas son hoy exclusivos restaurantes para los muchos turistas que siguen las rutas de los antiguos navegantes.
Desde el centro hasta el puerto, vemos grandes estancias ganaderas. En el puerto nos espera el “Ballena Azul Valparaíso” para cruzar a la otra orilla, donde el paisaje sigue como en la Isla Riesco. El camino desemboca en una pequeña playa, donde están los botes semirígidos que nos llevan hasta el barco “Forrest” que se encuentra en una reparada bahía, donde te esperan con un suculento desayuno.
Desde su cubierta podemos observar el inicio de la navegación por el seno Otway rumbo al Estrecho de Magallanes, paso natural entre los océanos Atlántico y Pacífico, y límite con Argentina, que debe su nombre al marino portugués Hernando de Magallanes, que al servicio de España lo descubrió buscando una ruta hacia las Indias Orientales, y que hasta la construcción del canal de Panamá fue el más importante corredor interoceánico del mundo.
Por su carácter expedicionario, el Forrest recuerda al “Calypso” al mando del explorador francés Jacques Costeau, que recorrió los canales del sur en busca de las ballenas jorobadas, que abundan entre los meses de diciembre a mayo, donde acuden en busca de alimento.
Navegamos, ya en aguas del estrecho hacia el paso Chak, en el ingreso al canal Bárbara, donde fondeamos para pasar la noche. Al alba, si uno puede, es hermoso ver como despunta el día. Ya dejamos atrás la Isla Englefield, donde hasta los años 70 vivieron los Kawéskar, indígenas nómades canoeros, cuya población casi está desaparecida.
Luego se ingresa al Parque Marino Francisco Coloane, 67.000 hectáreas de borde costero protegido, que se extiende entre las Ias Islas Riescos, Santa Inés, Carlos III y la península de Brunswick, en la región Antártica chilena. A medida que el Forrest avanza se vendecenas de petreles y gaviotas que sobrevuelan y los chorros de vapor que nos indican que ya estamos en zona de ballenas.
Al principio las ballenas dejan verse poco, y es porque el alimento está a mucha profundidad, pero cada tanto vuelven a tomar impulso para sumergirse en busca de nuevos bancos de peces y ese es el momento para obtener la foto famosa de la cola de la ballena. Inclusive se las puede ver, a veces con sus ballenatos, hasta abajo del agua que es tan cristalina como la del Caribe.
Más tarde, el barco cambia de curso hacia el islote Rupert donde abunda las orcas, las temibles depredadoras de las ballenas, a continuación del almuerzo, los botes salen hacia el glaciar Santa Inés. En la zona hay más de 150 de ellos, que desembocan hacia el norte, en el gran Campo de Hielo donde se encuentra el parque Nacional Torres de Paine.
Luego de recorrer la zona, entre araucarias y senderos entre el glaciar y un río de deshielo, cuando ya la tarde va llegando a su fin, volvemos a los botes para llegar nuevamente a la nave madre para otra vez internarse en el Estrecho de Magallanes. Entre los botes flotan pedazos de hielo que son desprendimientos de los glaciares de los Andes Patagónicos.
Otra excursión es al Estero Nuñez, y en su interior la Bahía de los Delfines, donde se desembarca para realizar una caminata por una selva de ehelchos, cipreses y canelos. En todas las islas las lluvias son más que frecuentes, y dan vida a junglas espesas, compuestas de especies areas de hojas perennes.
El terreno en la zona está cubierto de turba, que es un material esponjoso, compuesto de diversas capas de residuos vegetales en descomposición. El recorrido, esta vez en la Isla Riesco, está repleto de caídas de agua y altos acantilados, que luego de pasar por una murallas de cipreses, llegamos a Laguna Escondida.
Aquí el suelo está cubierto de pequeñas flores rojas, entre la turba, y es una planta carnívora que se alimenta de mosquito, que la hace convertir en aliada de los turistas acechados pòr estos insectos.
La verdad, que la aventura vale la pena, porque además de conocer más sobre la patagonia chilena, nos llevamos en la retina la belleza de ver como los hielos eternos conviven con la selva valdiviana.
